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Adiós al poeta Alexis Gómez-Rosa
Por: RAFAEL PINEDA | 5:34 PM

DESDE EL ORIENTE

MONTEVIDEO, Uruguay, 30 de enero, 2020.- Sin homenajes de poetas, del Ministerio de Cultura ni de instituciones relacionadas, o afines, fue sepultado el poeta Alexis Gómez-Rosa, fallecido en Santo Domingo el 29 de noviembre del 2019.

Conocí a este poeta de la generación de Post Guerra a través de los suplementos literarios de la época, cuando los que creíamos (y todavía creemos) que un mundo mejor era posible, sufríamos las opresiones de una dictadura que todavía hoy el miedo a las sombras del pasado y a los poderes fácticos hacen pasar por “democracia”.

Con los recursos que les brindaban el lenguaje y las imágenes, los poetas de esos días arrimaban el hombro de su escritura a las causas redentoras de los que sintieron en carne viva el peso de las botas estadounidenses pisoteando la bandera que, siguiendo la directriz de Juan Pablo Duarte, todavía en el fragor de los combates contra los invasores del 44 tejieron, con entrega, heroísmo y amor a la patria, María Trinidad Sánchez y Concepción Bona.

Esos poetas fueron sobrevivientes. Y así fue como se convirtieron en vanguardia intelectual de un pueblo y de una generación escribiendo la poesía de la guerra. Ahí se hicieron presentes las voces roncas de Miguel Alfonseca, de René del Risco Bermúdez, con Abelardo Vicioso, Ramón Francisco, Juan José Ayuso y Silvano Lora en las artes visuales.
Pedro Mir y Manuel del Cabral, que si bien no estuvieron en el escenario bélico por causa de que vivían en el exilio, escribieron conmovedores cantos sobre la invasión armada.

Los poetas más jóvenes que no estuvieron en la línea del frente (como Juan José Ayuso y René del Risco que además de integrarse al Frente Cultural Constitucionalista fueron director de prensa y director de la emisora oficial del gobierno en armas) pero que fueron testigos de la guerra, siguieron la ruta temática trazada por sus antecesores y dieron origen a la generación de Post Guerra en la cual encuadraba perfectamente Alexis Gómez-Rosa por su contemporaneidad, por el momento en que surgió y por quienes asistieron a su nacimiento poético.

El nombre de Alexis Gómez-Rosa fue siempre cercano para mí porque formaba parte de esa generación que yo adoraba (y aún). Leía de él lo que “De territorio de patas imperfectas” y de “Oficio de post-muerte” se publicaba en los suplementos culturales y cuando publicó “New York City en tránsito de pie quebrado” lo vi lejos de sus primeros maestros (Mir, Morrison, Whitman), un poco fugitivo de su tiempo pero dentro de un mundo lúdico de barras y colmadones donde la movilidad existencial de la poética era constante.

No era menos poeta que aquellos que en sus palabras traían las denuncias de las atrocidades cometidas por el invasor.

Gómez-Rosa dio el primer paso como poeta el día que en el colegio donde estudiaba el bachillerato le pusieron una tarea para que presente una composición sobre Juan Pablo Duarte y su escrito terminó en poema, aplaudido por los compañeros del aula. Ese día, con un bautismo de letras, hizo aparición la poesía en su vida.

Desde entonces fue poeta toda hora, minuto y segundo hasta que fue asaltado por la muerte.

En aquel inicio su profesor de colegio era Mateo Morrison, el poeta más importante de las nuevas generaciones de poetas dominicanos, con quien emprendió una delicada aventura literarias, acompañado, además, por otros que también se convertirían en voces importantes de la joven poesía: Soledad Álvarez, Enrique Eusebio y Rafael Abreu Mejía. Esa aventura fue un grupo literario que llevó por nombre “La Antorcha”.

Aunque ya lo estimaba como un amigo, fue en el Ministerio de Cultura que empecé a relacionarme con Alexis Gómez-Rosa cuando ingresó designado director de Proyectos Especiales y yo era director general de Casas de Cultura. Más adelante fortalecimos nuestros lazos de amistad con su llegada a Uruguay en su nuevo rol de diplomático, con rango de consejero.

En Montevideo mantuvimos una relación cálida, intercomunicación fluida y supe de su forma de ser, de no dejarse torcer el brazo, no transigir jamás cuando tenía o creía tener certeza de las cosas. Ese carácter lo llevó a choques frontales con varios colegas y compañeros de generación y con los entonces ministros de Cultura (testimonios llegaron desde los pasillos del edificio del parque Hostos, de la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte y de los juntes casuales de la Librería La Trinitaria).

Compartiendo horarios y andanzas, entre visitas a teatros, a plazas culturales, a museos, en reuniones con intelectuales uruguayos y en desayunos acompañados de su hijo Adrián Gómez sostuve largas conversaciones con Alexis sobre sus libros, sobre la poesía y sobre su vida. Conocí de cerca al hombre común y al poeta realizado.

Cuando visitaba Santo Domingo era usual que pasara por su residencia de la calle Arzobispo Portes casi esquina Meriño, a varios metros de la Casa de Teatro, del Centro Cultural de España, del Teatro Guloya y recuerdo nuestros juntes con Mateo Morrison, Miguel Collado y Guarina en el Club Universitario.

Dialogábamos largas horas y días consecutivos acerca de los poetas, de la literatura, de la lealtad, del amor y de la política. Me habló del maravilloso recorrido en ferry a Puerto Rico cuya experiencia plasmó en el libro Ferryboat de una noche invertebrada, de su pasión por la poesía del concretismo brasileño y me contó de sus primeras influencias literarias transmitidas por los estadounidenses T.S. Eliot, Ezra Pound, Walt Whitman; y por los franceses Mallarmé, Baudelaire, Jacques Roubaod; de sus primeras lecturas y del contacto con la obra de Domingo Moreno Jiménez y Tomás Hernández Franco.

Agregaba, por supuesto, a Manuel del Cabral y a Freddy Gatón Arce.
Honestamente me confesó que no le gustaba la poesía de Pedro Mir, ni siquiera lo consideraba buen poeta.

A Pablo Neruda lo suponía un poeta más, un panfletista que solo tiene “algunas cosas que se salvan”.

Lo mismo pensaba de René del Risco a quien “se fumaba” por la insistencia de los otros, pero siendo miembro del consejo editorial del Ministerio de Cultura, cuando le tocó opinar sobre la recopilación de obras que iba a publicar la Editora Nacional, haciendo caer la balanza para que no fueran incluidos los poemas más políticos del autor de El viento frío, considerando que “eso no es poesía”.

La política, aunque la practicaba, la odiaba. Hablaba mal de todos los políticos y tal vez el libro donde con mejor uso de la mordacidad se expresa contra los artífices de la administración pública es “Máquina Olandera y otras olas de lava & lanman” donde a algunos los cita por sus nombres y apellidos. Consideraba que sus mejores amigos en la política lo negaron tres veces después que los ayudó a subir peldaños.

“Máquina Olandera y otras olas de lava & lanman”, es una obra de fervor y escritura entusiasta; en ella Alexis Gómez-Rosa se expone como el poeta de crítica picante, como el ser humano que fue. En el poema “Denominación de origen”, expresa:

Y es fácil/ Tú crees que yo soy un maíz/ que soy un molondrón/ … / Que por cualquier quítame/ esta paja, tengo que flojar/quinientas lágrimas…
Aunque era parte de la generación de Post Guerra, de forma y contenido estuvo lejos de esa generación; contra ella ironiza en el poema “Entrelíneas de un tiempo nublado”, incluido en el libro Marginal de una lengua que persigue su forma; dice: “Los poetas de la Generación de Post-Guerra llevan un terrible/vacío en el pecho/Gordos, calvos, barbudos y con el colesterol/ en las nubes,/una linda mujer los saca de juego, y en el Parque/Colón descubren el tiempo que a juventud no puede regresar”.

Fue un poeta que bebió y se nutrió en la fuente del concretismo latinoamericano, un movimiento fundado en Sao Paulo, Brasil, por Haroldo del Campo y Décio Pigmatari, quienes en 1952 integraron el grupo Noigandres. Este movimiento inspirado en la pintura rechazaba toda relación con lo objetivo, “no buscaba representar la realidad sino inventarla” potenciando un proceso escritural distinto con un mínimo de lenguaje y con ideas puntuales, construyendo y destruyendo el lenguaje.

Reflexiono después de su muerte que de ahí vienen los recursos de Gómez-Rosa, su inclinación por alterar las palabras, el uso de las formas geométricas en el discurso y su pasión por el haiku.

En la que puede ser su entrevista más importante, concedida al poeta Luis Reynaldo Pérez quien la publicó en el portal digital “Mirar desde Adentro”, Gómez-Rosa confiesa: “Desde el punto de vista histórico claro está a ella pertenezco. Ahora, mis búsquedas y el programa de escritura que me impuse me condujeron a otros espacios que me hicieron comulgar con otras voces, otras ideas alejadas del instrumentalismo que mi generación le asignó a la poesía.

Por eso fui un devoto de la poesía surrealista en una época en que ser surrealista se anatemizaba de la peor manera y si de ñapa le añades seguir con entusiasmo a los concretitas brasileños y al Octavio Paz de Blanco, el mono gramático y los discos visuales, era como para ponerte en patitas fuera de la escuela de letras de la universidad del Estado. Claro no hubo necesidad de que me expulsaran, ante la insuficiencia y la falta de estímulo opté por lo más corto y lo más sano: hacer carrera fuera del aula”.

En la misma entrevista con Luis Reynaldo Pérez hace la confesión de que las mejores lecciones de poesía las recibió de Manuel Rueda y de Pedro Mir. Aunque Pedro Mir para él fue un mal poeta, le guardó respeto y le agradeció los consejos sobre la escritura del poema. Con Manuel Rueda tuvo mayor empatía en todo, convirtiéndose en un fiel adherente del movimiento pluralista: Uno de sus libros se titula “Pluróscopo Concretismos y Pluralemas”.

Su motivación poética no estuvo marcada por la presencia de las tropas estadounidenses que invadieron la República y que él vio ocupando su calle, su barrio y tirando alambradas para dividir la Ciudad Nueva. Ni por las balaceras ni por los muertos que dejaban a su paso los invasores y que él veía cada mañana al levantarse, pero uno de sus últimos libros es un canto épico a la guerra de abril.

Traído de sus recuerdos de adolescente escribió y publicó “La tregua de los mamíferos”, considerado por Wilfredo Lozano como “un formidable poema que honra nuestras letras” y ”Una gran obra destinada a ejercer mucha influencia en el quehacer poético de las presentes y futuras generaciones”.

La poesía de Alexis Gómez-Rosa se nutrió del lenguaje cotidiano, de la calle, de los colmados y de las pulperías; en el enunciado de las peleas de boxeo, en la gastronomía que tanto degustaba su paladar, en el cine, en el béisbol, en las representaciones populares.

La fuente nutricia de su lenguaje verbal se sostiene en “la poesía de la cotidianidad norteamericana” y en “las voces que articulan las calles del barrio, las pendencias, las chismografías de la esquina…” porque para él, la literatura es una gran mentira.

No sé si llegó a terminar una novela que estuvo escribiendo muchos años, titulada “Miénteme una eternidad”.

Dos veces premio internacional de poesía Casa de Teatro, cuatro veces premio de poesía Salomé Ureña de Henríquez. Autor de los libros High Quality Ltd.; Co Ar Ta Da el poema, La tregua de los mamíferos, Trueno Robado, Prosas de un peso welter 147 libras en formato de libro, Oficio de post-muerte, Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida, entre otros. El año 2011 publicó: (S) obras completas.

Para decirlo con palabras de Jorge Luis Borges en su Milonga de Manuel Flores: “Morir es una costumbre que sabe tener la gente”.

Y así murió el poeta Alexis Gómez-Rosa (un poeta digno de ser cantado), asimilando esa antigua costumbre de la gente. Canten ahora en su nombre los poetas que no silencian su canto.

. El autor es poeta, locutor y diplomático.